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Un estudio revela que los gatos tienen más receptores del sabor amargo que los perros y los humanos, lo que los hace especialmente sensibles a sustancias que podrían resultar tóxicas
Al gato le persigue una colección inagotable de mitos, que si es frío, que si va a lo suyo, que no necesita a nadie y que, además, es insufriblemente tiquismiquis con la comida. Conviene desmontar muchos de esos tópicos, porque suelen decir más de cómo los miramos los seres humanos que de cómo son realmente. Pero una vez hecho ese ejercicio de limpieza, queda una certeza de que ni la ciencia es capaz de desmontar, y es que el gato doméstico es una especie singular, con estrategias propias y una forma muy particular de relacionarse con el entorno.
Un buen ejemplo lo ofrece un estudio de la Universidad de California en Davis, que comparó cómo distintas especies se enfrentan a la obtención de alimento. Mientras los perros y otros animales (incluidos chimpancés, lobos, cerdos y aves) preferían ‘trabajar’ para conseguir comida, bien resolviendo rompecabezas o superando pequeños retos, los gatos sorprendieron siendo mucho más pragmáticos, y eligieron mayoritariamente el plato con la comida disponible sin esfuerzo. No es que no supieran usar el rompecabezas, ni que fueran menos activos, sino que optaron por la recompensa con el mínimo coste energético. Una decisión que, en realidad encaja con una lógica evolutiva muy afinada y que da algunas pistas de por qué, cuando hablamos de alimentación, los gatos juegan en otra liga.
Un carnívoro sin margen para improvisar
Para entender la exquisitez felina hay que empezar aclarando que los gatos son carnívoros obligados. Su organismo necesita carne para sobrevivir y no está preparado para obtener nutrientes esenciales a partir de vegetales. De hecho, más del 70% de su dieta natural está compuesta por proteína animal, lo que los sitúa dentro de un grupo muy reducido de especies conocidas como hipercarnívoras.
Sin embargo, esta especialización extrema tiene consecuencias. A diferencia de otros animales más generalistas, el gato no puede permitirse comer cualquier cosa y esperar que su cuerpo lo gestione. Ser selectivo es, en su caso, una estrategia de supervivencia. Rechazar un alimento que no encaja con sus necesidades nutricionales no es, por tanto, un gesto de desprecio hacia la persona cuidadora que lo sirve, sino una forma de autoprotección profundamente arraigada.
Amargo sí, dulce no
La biología del gusto refuerza aún más esa selectividad. Los gatos tienen más receptores del sabor amargo que los perros y los humanos, lo que los hace especialmente sensibles a sustancias que podrían resultar tóxicas. Muchos alimentos que para nosotros son neutros o agradables, para ellos resultan intensamente desagradables.
A esto se suma el detalle de que los gatos no pueden percibir el sabor dulce. Carecen de uno de los genes necesarios para detectar la dulzura, de modo que el azúcar simplemente no significa nada para ellos. Su universo gustativo es más estrecho, pero también más preciso. En cambio, muestran una atracción muy marcada por el umami, ese sabor profundo y carnoso asociado a determinados aminoácidos presentes en la carne fresca. Cuando un alimento les gusta, implica que encaja casi a la perfección con lo que su cuerpo necesita.
Fuente: 20 minutos
Vía Globovisión







