«La adversidad» Lo que aprendemos en las aguas turbulentas

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La adversidad nos ayuda a madurar en la fe cuando reaccionamos ante ella con un corazón comprometido, dócil y entregado a Dios.

Bendeciré a Jehová en todo tiempo;Su alabanza estará de continuo en mi boca. En Jehová se gloriará mi alma;Lo oirán los mansos, y se alegrarán. Engrandeced a Jehová conmigo,Y exaltemos a una su nombre. Busqué a Jehová, y él me oyó,Y me libró de todos mis temores. Los que miraron a él fueron alumbrados,Y sus rostros no fueron avergonzados. Este pobre clamó, y le oyó Jehová,Y lo libró de todas sus angustias. El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen,Y los defiende.
Salmos 34:1-7

Dios promete que, cuando enfrentemos tiempos difíciles, Él estará con nosotros. Desea ser nuestro maestro y guía, pero debemos disponernos a responderle. Necesitamos…

Tener el anhelo de seguir el camino de Dios. La Biblia compara ese anhelo con un ciervo que jadea por agua (Sal 42.1). Así también debemos actuar nosotros, buscando la dirección de Dios en lugar de depender de nuestra propia iniciativa.

Estar dispuestos a aprender del Señor. Cuando buscamos su guía, Dios transforma nuestras adversidades en oportunidades de aprendizaje. Así sucedió con Ana, que suplicaba por un hijo (1 S 1.1–2.10), y con María y Marta ante la muerte de su hermano Lázaro (Jn 11.17–27). Necesitamos un espíritu dispuesto para aprender lo que Él quiere enseñarnos.

Someternos a su voluntad. Antes de revelarnos su solución, Dios nos pide comprometernos con su camino. El Señor nos llama a andar por fe y no por vista (2 Co 5.7), y a reconocer que sin Él nada podemos hacer (Jn 15.5). Declarar nuestro compromiso con su camino siempre es lo mejor.

Las dificultades son inevitables, pero también valiosas. Dios nos acompaña en cada una de ellas; solo pide un corazón humilde, un espíritu dócil y que nos rindamos a su voluntad.

Pastor Charles F. Stanley

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